Discurso de José Tomás Santa María, presidente de la Asociación Nacional de la Prensa

Discurso de José Tomás Santa María, presidente de la Asociación Nacional de la Prensa 1600 1066 Editor Anp

Muchas gracias y muy buenos días a todos. Quisiera comenzar agradeciendo muy especialmente al Presidente de la República, José Antonio Kast, que nos acompañe esta mañana. Hoy, además, es el Día de la Solidaridad, y después de esto el Presidente debe correr a una pauta en el Hogar de Cristo; así que estamos doblemente agradecidos, Presidente, y valoramos mucho su gesto de estar aquí. Agradezco también la presencia del ministro del Interior y Secretaría General de Gobierno, Claudio Alvarado; del presidente de la Cámara de Diputados, Jorge Alessandri; y de los senadores, diputados y demás autoridades. Y, por supuesto, a los dueños de casa, Cristián Edwards y Carlos Schaerer, por recibirnos en El Mercurio.

Estamos reunidos esta mañana para el cambio de presidencia de la Federación de Medios de Comunicación Social, desafío que tomo como un honor, de la misma manera que lo fue asumir la presidencia de la Asociación Nacional de la Prensa. Pero creo que lo realmente importante hoy es tener la oportunidad de conversar sobre medios, sobre periodismo y sobre el rol fundamental que cumplen en la sociedad. Por eso el plato fuerte de esta mañana está reservado para el final: le hemos pedido a Ascanio Cavallo —periodista respetado por todos y premio nacional de periodismo— que nos entregue su mirada sobre el momento que vive el ecosistema de medios.

Hace unas semanas, al acercarse esta ceremonia, hice algo que aprendí de un antiguo jefe, Carlos Schaerer, aquí presente: revisar los artículos de prensa antiguos sobre el origen de la Federación. Fue haciendo ese ejercicio que di con el acta fundacional, un documento ante notario del día 7 de febrero de 1992. La firman tres personas que muchos recordarán con cariño: por la prensa, Roberto Pulido, que asumió como primer presidente de la Federación; por las radios, Óscar Pizarro; y por la televisión, Jorge Navarrete. Todos competidores entre sí, se animaron a firmar una declaración de principios cuyo primer artículo señala la convicción “de que los medios son indispensables para la existencia y el desenvolvimiento de una sociedad que garantice las libertades democráticas y los derechos de las personas”.

Lo repito: los medios son indispensables para la existencia y el desenvolvimiento de una sociedad que garantice las libertades democráticas y los derechos de las personas.

No hay mucho más que agregar. Ese es el tamaño de la misión que pesa sobre los medios y sobre los gremios aquí reunidos —representantes de la prensa, la radio y la televisión—: la defensa irrestricta de la libertad para informar y opinar, persiguiendo siempre los más altos estándares éticos. Por eso el origen de la Federación está indisolublemente ligado a la creación del Consejo de Ética de los Medios de Comunicación, cuyos miembros también nos acompañan y a quienes agradezco su labor.

En esos años, tras el asesinato del senador Jaime Guzmán, en el Congreso comenzaron a discutirse fórmulas que se acercaban peligrosamente a la censura previa, con el pretexto de que los medios publicaban información útil al terrorismo. La respuesta de los medios fue apostar por la autorregulación, creando este Consejo de Ética: un tribunal al que los medios se someten voluntariamente y al que cualquier ciudadano puede acudir si considera que una nota no respetó los estándares éticos. Pocos meses después nace esta Federación.
Otra batalla emblemática fue el debate sobre la Ley de Prensa, proyecto que se discutió ocho años en el Congreso y se promulgó en 2001. Celebramos 25 años de aquello, un hito que quisimos recordar en esta ceremonia por lo que significó al modernizar el marco legal de la comunicación en Chile, entregando garantías claras a la libertad de opinar e informar y al resguardo de las fuentes.

Pero los desafíos de hoy, en 2026, son muy distintos a los de 1992, o a los de hace 25 años. Y es que cuesta encontrar una industria que haya vivido un cambio tan radical en los últimos 15 años. La irrupción de las gigantes tecnológicas —Google, Facebook, y luego YouTube, Twitter, Instagram— marcó la mayor transformación en la historia de los medios. No creo exagerar. Las plataformas digitales se instalaron en el centro de la relación con las audiencias y también del mercado publicitario, capturando el valor de contenidos que no crean ni por los que responden, muchas veces mediante abusos de mercado, como se ha denunciado en Chile y el mundo. El interés por la información continúa, pero el modelo de negocios que lo sustentaba migró a estos nuevos actores, provocando una crisis que ha implicado el cierre de miles de medios o la reducción radical de sus equipos periodísticos.
Y cuando pensábamos que el problema estaba en esas plataformas, aparecieron las herramientas de inteligencia artificial. Hace tres años OpenAI lanza ChatGPT, y luego siguen Anthropic con Claude o Google con Gemini. Millones de personas las usan, entre otras cosas, para informarse, obteniendo respuestas con datos que muchas veces provienen de los propios medios, elaborados por periodistas remunerados por los medios, sin que estos reciban compensación. Con un ingrediente adicional: si las plataformas al menos derivaban tráfico a los medios, la IA lo hace en una proporción infinitamente menor. El resultado son audiencias que se informan por la IA, con datos elaborados por medios, sin que nadie remunere ese trabajo.

Alguien podría leer esto como las palabras de quien se opone torpemente al desarrollo tecnológico. Nada más lejano. Los medios llevamos 15 años innovando y modernizándonos, probando fórmulas y formatos para conectar mejor con las audiencias. Eso ha llevado a que los límites entre lo que conocíamos como prensa, radio y televisión sean cada día más difusos: hoy los diarios tienen podcast y video, y las radios y la televisión cuentan con sitios de noticias que atraen mucha audiencia. El avance tecnológico, las plataformas y la IA ofrecen oportunidades fascinantes: herramientas para conocer mucho mejor a quienes nos leen, ven o escuchan, y plataformas que nos acercan a nuevas audiencias. Tampoco me opongo a que esas plataformas obtengan ingresos: si son más eficientes, así funciona la competencia. Aquí nadie pide subsidios. Los medios debemos ser capaces de crear productos lo bastante atractivos para ser rentables. Pero con la misma energía con que innovamos, exigimos un principio básico: si una empresa atrae audiencias con contenidos que elaboran nuestros equipos, lo justo es que pague por ellos.

Lo decía hace unas semanas el publisher de The New York Times, Arthur Sulzberger: los modelos de IA tienen cuatro componentes —los algoritmos, los chips y data ceners, la energía para operar y los datos—. Por los primeros tres se paga; pero por los datos, no se paga.

Por eso como Federación observamos con atención cómo se desarrolla esta discusión en Chile y el mundo. Algunos países, como Australia, han optado por una legislación que obliga a medios y plataformas a negociar; también se han visto acuerdos —hace unos días Anthropic cerró uno con una editorial, y OpenAI firmó una alianza con Folha en Brasil—; y otros han ido por la vía judicial, demandando a Google por abuso de posición dominante o a herramientas de IA por uso no autorizado de contenidos. Es una noticia en desarrollo, pero central para la misión de esta Federación. Porque hoy el principal riesgo para la libertad de prensa no está en una legislación particular —hay algunas que nos preocupan, como la ley antifiltraciones, sobre la que ya expusimos en el Congreso—. El mayor riesgo hoy para la libertad de prensa está en la sostenibilidad económica de los medios. Por eso era tan importante que el artículo 8 de la megarreforma —que proponía autorizar el uso gratuito de datos para entrenar la inteligencia artificial— no se definiera con la premura con que el Ejecutivo quería despacharlo. Agradecemos a parlamentarios y al Ejecutivo por acoger ese planteamiento.

El último informe del Digital News Report de la Universidad de Oxford da cuenta del rápido cambio en el consumo de noticias: por primera vez, quienes se informan por plataformas digitales superan a quienes lo hacen por los medios; crece el consumo a través de influencers solitarios; cae la confianza en las noticias; quienes se informan por IA ya son un 10% a nivel global, y la preocupación por la desinformación llega al 62%.

Todo esto tiene un efecto que va mucho más allá de los medios: impacta en la sociedad, en el debate público y en el sano desarrollo de la democracia. El daño que produce la desinformación, que nace y se multiplica en las redes, es enorme. Y no hay mejor antídoto que el periodismo y los medios que lo organizan, con equipos robustos que informan profesionalmente, siguiendo estándares éticos, que hacen las preguntas correctas e incomodan al poder político, económico y social. Y con una característica adicional: Si un medio publica un dato erróneo, usted llama y hay un director que debe responder, y el medio tiene el deber de rectificar. Trate usted de llamar a ChatGPT o a Google si su algoritmo le entrega un dato falso, a ver si alguien le contesta.

El aporte social de los medios es fundamental: lo vemos en las crisis y en las catástrofes, y también en la información que entregan día a día. Creo que tenemos que evangelizar más sobre nuestro rol: qué sería de la vida de cada auditor, televidente o lector si no existiera el medio al que acude con más frecuencia. Porque si ese medio desapareciera, no será Google ni ChatGPT quien salga a la calle a reportear, a investigar, a incomodar, a preguntar, a chequear y rechequear.

La necesidad de informarnos es más importante que nunca en la democracia actual. El periodismo es la forma de evitar la tiranía del algoritmo, la polarización y el quiebre de los espacios comunes. Los medios operan como un seguro para la sociedad: un espacio donde el debate se da de manera abierta y seria, sin slogans, una zona libre de funas.

Termino estas palabras agradeciendo a Pablo Vidal por su gestión como presidente de la Federación; gracias a él asumo con un camino importante avanzado. Y concluyo también con probablemente lo más importante: mostrar mi admiración por cada profesional de los medios que, incluso en estos tiempos difíciles, sigue trabajando para entregar la mejor información. Hay que seguir adelante con energía y esperanza, porque lo que está en juego es demasiado importante. El desafío es grande y necesitamos que todos —periodistas, gobierno y empresa privada, cada uno en su rol— se involucren en la defensa de la libertad de prensa. Chile merece un ecosistema de medios robusto. Ya lo decían Pulido, Pizarro y Navarrete en aquella acta fundacional: “los medios son indispensables para la existencia y el desenvolvimiento de una sociedad que garantice las libertades democráticas y los derechos de las personas”. Muchas gracias.